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martes, 4 de agosto de 2015

Cajicá, una democracia local frágil…porqué?



Entre las clientelas políticas, los electores inconscientes, los desinformados, los escépticos y los indiferentes…nuestra democracia local se desmorona





La democracia, por definición, requiere ciudadanos conscientes, críticos, participativos y presentes. Tenemos que preguntarnos los Cajiqueños, ¿cómo nos iría en una evaluación sobre cultura democrática si partimos de esa definición como principio?

Nos iría mal. La mayoría de nuestros electores padece de algún tipo de distorsión a respecto de su ciudadanía. Esa es la razón por la cual vemos que nuestro municipio se transforma rápidamente en una ciudad que refleja urbanización desordenada, inseguridad, contaminación, destrucción del medio ambiente, entre otros tantos males. Votamos mal, elegimos mal y lo que es peor, posiblemente volveremos a votar mal. ¿Por qué?

Una parte importante de nuestros electores elige sus candidatos a partir de sus intereses personales. Intereses de carácter económico. Votan por aquel político que se comprometa con ellos con puestos, contratos o favores. En general, se trata de vínculos bastante fuertes, básicamente porque la única forma de garantizar el logro de las esperadas retribuciones económicas, es elegir al candidato que mantiene sus votos pagándolos con estas prebendas.  Si para eso es necesario disponer de recursos económicos durante la campaña, el elector, invierte lo que considere necesario para garantizar su parte del botín. Sabe que a mayor cuantía invertida, mayor será la retribución que recibirá. Elegir y ser elegido es un negocio. Lucrar con él, depende de ganar las elecciones. Para ello, hay que conquistar votos y estos se compran de diversas maneras. Cada voto tiene un valor pre-estimado. El costo de la campaña es calculado de esa manera. Por eso sus campañas son costosas y sus patrocinadores hacen sus cálculos racionalmente. Si invierten 100 durante la campaña, esperan obtener 1000 durante el gobierno. Esa es la razón del despliegue de vallas, afiches, pasacalles, volantes, calcomanías, regalos, fiestas, orquestas, zumbas, camisetas, uniformes y derroches. La clientela es fiel a sus intereses y para eso se especializa en grandes cortejos.



Esta clientela política vive de otras especies de electores. Entre estos, muy especialmente, los electores inconscientes. Puede decirse que este grupo es compuesto por la mayoría de votantes.  Es un grupo de personas cuya ignorancia de sus derechos es bastante manifiesta. A este grupo se le conquista con regalos, fiestas, promesas, con licor y algún mercado, un billetico, una media de aguardiente y uno que otro discurso altisonante. Se le recuerda siempre la importancia de ser ciegamente fiel a su partido, se le inculca el ser del color rojo, del color azul, o cualquier otro. Su mayor satisfacción es inmediata. Comen, beben, usan lo que se les regala y aún se sienten importantes porque el doctor de turno les puso la mano sobre el hombro y les dijo su nombre. Le ruegan que los tenga en cuenta. Le cuentan sus necesidades con timidez y realmente esperan que el doctor los contemple. Entre la borrachera y la indigestión, entre los gritos y la bulla de la pólvora, desconocen cualquier significado para conceptos como democracia, ciudadanía, derechos. Se dejan conducir dócilmente hasta la urna, reciben su premio y desaparecen.



Los desinformados son muy próximos. Solo que estos votan en automático, sin saber bien de que se trata. Lo hacen como un favor a terceros. Creen que cumplen con su deber cuando votan por alguien que desconocen, apenas porque otro les pidió el favor. Es un acto de buena fé que hace porque se lo pidieron, pero no se siente comprometido. Tiene la esperanza de servirle de algo a quien le pide el voto. En general, es para ver si la persona recibe el puestico que le prometieron, si pone un buen número de votos.

Con la suma de estos votos (las clientelas, los inconscientes y los desinformados) se ganan las elecciones. Esa es la mayoría. Y las maquinarias politiqueras (digo politiqueras, pues nada de eso es política), se organizan para, literalmente, pescar, estos votos.

Confían en que, como efecto de sus fechorías, una parte del electorado se mantendrá escéptica y otra parte será indiferente. Los escépticos son aquel grupo de ciudadanos que no vota porque no creen en política. Todos los candidatos les parecen la misma vaina.  Para ellos todos son corruptos, todos son mentirosos y todos van a robar. Ninguna propuesta es diferente de la otra. Ya no escuchan, ya no admiten ningún argumento. Política y politiquería son para ellos, sinónimos.  Odian a todos los que vengan con el cuento de conquistar su voto y se encierran en esa, supuesta, razón superior. No realizan ningún esfuerzo por proponer, ni por distinguir entre políticos y politiqueros. Es una visión plana. Superficial. Derrotada. Y lo peor, son funcionales a los corruptos, pues, para estos, el escepticismo no es un problema, ya que no hay manifestación alguna de parte de los escépticos, a no ser unas cuantas groserías publicadas en las redes sociales, unos cuantos insultos y micro explosiones de cólera irrelevantes. Los corruptos de plantón, los politiqueros saben que se ahorran unos buenos pesos con los escépticos y continúan concentrados en aquellos que les darán su voto.




Lo mismo hacen con los indiferentes. Estos son un grupo de personas que creen que sus vidas son independientes de las cuestiones políticas. Creen que no meterse en política es una virtud. Y dedican alegremente sus vidas a lo que si les interesa, su hogar, su religión, su trabajo. Viven en un condominio permanente, desde el cual, miran el mundo circundante como si fuera otro mundo, no en el que ellos habitan. Los politiqueros aprecian bastante este grupo. También hacen parte de su estrategia de victoria. Mantenerlos ahí, en su autismo permanente, es lucrativo para ellos. Pagan impuestos pero desconocen que su dinero alimenta unos cuantos avispados. No sufren con eso y no se importan con las injusticias ni los impactos de la politiquería. La ciudad puede caerse, que ellos no se dan por enterados.

Hasta aquí, la única diferencia entre unos y otros es que todos hacen parte de lo que tenemos que entender por politiquería. La diferencia está en que unos son politiqueros activos y otros politiqueros pasivos. Pero unos y otros participan de la destrucción de la democracia.

Restan los ciudadanos críticos. Siempre una minoría. Un pequeño grupo de Quijotes que tienen la esperanza de vivir en una democracia. Sueñan con hacer parte de una ciudad que respete los derechos humanos y sociales, en una ciudad ambientalmente sustentable y económicamente responsable e incluyente. Pero muchas veces son tan críticos que desconfían de todo y de todos y no consiguen ni siquiera autorizarse a ser propositivos. No votarían ni por sí mismos. 



Sin embargo, es este pequeño grupo el que tiene la chance de ofrecer a la ciudad otra visión de sí misma. Para tanto, es necesario, que su sentido crítico adquiera un rumbo definido, que le apunte a la creación de soluciones para los problemas que aquejan la ciudad y que se firme en prácticas éticas.  Debe ser un grupo de ciudadanos que descubra la importancia de la política y esté dispuesto a luchar contra todas las prácticas politiqueras.
Son la semilla de la cual se puede esperar una cosecha. Son la esperanza de construcción de una democracia. Ese grupo existe y su deber es trabajar incansablemente por ampliar la cantidad y la calidad de los ciudadanos con los cuales la democracia tendrá su chance en la historia. Estos son los ciudadanos conscientes, críticos, participativos y presentes que requiere la democracia. Cajicá, Colombia y el mundo los necesitan.

Me sumo a ellos.








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