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viernes, 3 de marzo de 2017

PARA LEER EN 2050

BOAVENTURA DE SOUZA SANTOS[1]





Cuando un día sea posible caracterizar la época en que vivimos, el mayor espanto será que se vivió todo sin un antes ni un después, substituyendo la causalidad por la simultaneidad, la historia por la noticia, la memoria por el silencio, el futuro por el pasado, el problema por la solución. Así, las atrocidades fueron atribuidas a las víctimas, los agresores fueron condecorados por su coraje en la lucha contra las agresiones, los ladrones fueron jueces, los grandes tomadores de las decisiones políticas pudieron tener una cualidad moral minúscula cuando comparada con la dimensión de las consecuencias de sus decisiones. Fue una época de excesos vividos como carencias; la velocidad fue siempre menor de lo que debía ser; la destrucción fue siempre justificada por la urgencia en construir. El oro fue el fundamento de todo, pero estaba fundado en una nube. Todos fueron emprendedores hasta probarse lo contrario, pero la prueba en contra fue prohibida por las pruebas a favor. Hubo inadaptados, pero la des-adaptación mal se distinguía de la adaptación, tantos fueron los campos de concentración de la heterodoxia dispersos por la ciudad, por los bares, por las discotecas, por la droga, por el Facebook.
La opinión pública pasó a ser igual a la privada de quien tenía poder para publicarla. El insulto se volvió el medio más eficaz de un ignorante ser intelectualmente igual a un sabio.
Se desarrolló el modo por el cual los empaques inventaron sus propios productos y de no existir productos más allá de ellas. Por eso, los paisajes se convirtieron en paquetes turísticos y las fuentes e nacientes tomaron la forma de las botellas. Cambiaron los nombres de las cosas para que las cosas se olvidaran de lo que eran. Así, desigualdad pasó a llamarse mérito; miseria, austeridad; hipocresía, derechos humanos; guerra civil descontrolada, intervención humanitaria; guerra civil mitigada, democracia. La propia guerra pasó a llamarse paz para poder ser infinita. También el Guernika pasó a ser apenas un cuadro de Picasso para no molestar el futuro del eterno presente. Fue una época que comenzó con una catástrofe pero que rápidamente consiguió transformar catástrofes en entretenimiento. Cuando una catástrofe de verdad ocurrió, parecía apenas una nueva serie.
Todas las épocas viven con tensiones, pero esta época pasó a funcionar en permanente desequilibrio, sea a nivel de la colectividad, o a nivel individual. Las virtudes fueron cultivadas como vicios y los vicios como virtudes. El enaltecimiento de las virtudes o de la calidad moral de alguien dejó de residir en cualquier criterio de mérito para pasar a ser el simple reflejo de la humillación, la degradación o de la negación de las calidades o virtudes de otro. Se creía que la oscuridad iluminaba la luz, y no al contrario.
Operaban tres poderes simultáneamente, ninguno de ellos democrático: capitalismo, colonialismo y patriarcado; servidos por varios sub-poderes, religiosos, mediáticos, generacionales, étnico-culturales, regionales. Curiosamente, al no ser ninguno democrático, eran sustentáculo lo la democracia-realmente-existente. Eran tan fuertes que era difícil hablar de cualquiera de ellos sin incurrir en la ira de la censura, en la demonización de la heterodoxia, en la estigmatización de la diferencia. El capitalismo, que pulsaba en las relaciones desiguales entre seres humanos supuestamente iguales, se disfrazaba tan bien de realidad que el propio nombre fue olvidado. Los derechos de los trabajadores eran considerados poca más que pretextos para no trabajar. El colonialismo, que se realizaba en la discriminación contra seres humanos que apenas eran iguales de modo diferente, tenía que ser aceptado como algo tan natural como la preferencia estética. Las supuestas víctimas de racismo y de xenofobia eran siempre provocadores antes de ser víctimas. Por su vez, el patriarcado, que legislaba en la dominación de las mujeres y en la estigmatización de las orientaciones no heterosexuales, tenía que ser aceptado como algo tan natural como una preferencia moral sufragada por casi todos. A las mujeres, los homosexuales y transexuales, habría que imponer límites si ellas y ellos no supieran mantenerse en sus límites.
Nunca las leyes generales y universales fueron tan impunemente violadas y selectivamente aplicadas, con tanto respeto aparente por la legalidad. El primado del derecho vivía en amena convivencia con el primado de la ilegalidad. Era norma des-construir las Constituciones en nombre de ellas.
El extremismo más radical fue el inmovilismo y el estancamiento. La voracidad de las imágenes y de los sonidos creaba tumultos estáticos. Vivieron obsesionados por el tiempo y por la falta de tiempo.   Fue una época que conoció la esperanza, pero a cierta altura la creyó muy exigente y agotadora. Prefirió, en general, la resignación. Los inconformes con tal desistencia tuvieron que emigrar. Fueron tres los destinos que tomaron: iban para fuera, donde la remuneración económica de la resignación era mejor y por eso se confundía con la esperanza; iban para dentro, donde la esperanza vivía en las calles de la indignación o morían en la violencia doméstica, en el crimen común, en la rabia silenciada de las casa, de las salas de espera de las urgencias de hospitales, de las prisiones, de los ansiolíticos y antidepresivos; el tercer grupo se quedaba entre dentro y fuera, en espera, donde la esperanza y la falta de ella alternaban con las luces en los semáforos. Pareció estar todo al borde de una explosión, pero nunca explotó porque fue explotando, y quien sofría con las explosiones o estaba muerto, o era pobre, subdesarrollado, viejo, atrasado, ignorante, perezoso, inútil, loco, -en cualquier caso desechable. Era la gran mayoría, pero una insidiosa ilusión de óptica la hacía invisible. Fue tan grande el miedo de la esperanza que la esperanza acabó por tener miedo de sí misma y entregó sus adeptos a la confusión.
Con el tiempo, el pueblo se transformó en el gran problema, por el simple hecho de que había mucha gente. La gran cuestión pasó a ser: qué hacer con tanta gente que en nada contribuía para el bien-estar de los que merecían. La racionalidad fue llevada tan en serio que preparó meticulosamente una solución final para los que menos producían, por ejemplo los viejos. Para no violar los códigos ambientales, siempre que no fue posible eliminarlos, fueron biodegradados. El éxito de esta solución hizo que después fuera aplicada a otras poblaciones desechables, tales como inmigrantes, jóvenes de las periferias, toxico-dependientes, etc.
La simultaneidad de los dioses y los humanos fue una de las conquistas más fáciles de la época. Para ello bastó comercializarlos, venderlos en los tres mercados celestiales existentes, el del futuro más allá de la muerte, el de la caridad y el de la guerra. Surgieron muchas religiones, cada una de ellas parecida con los defectos atribuidos a las religiones rivales, pero todas coincidían en ser lo que más decía no ser: mercado de emociones. Las religiones eran mercados y los mercados religiones.
Es extraño que una época que comenzó solo teniendo futuro (todas las catástrofes y atrocidades anteriores eran prueba de la posibilidad de un nuevo futuro sin catástrofes ni atrocidades) haya terminado solo teniendo pasado. Cuando comenzó a ser excesivamente doloroso pensar el futuro, el único tiempo disponible era el tiempo pasado. Como nunca ningún gran acontecimiento histórico fue previsto, también esta época terminó de modo que cogió a todo por sorpresa. A pesar de ser generalmente aceptado que el bien común no podía dejar de basarse en el lujoso bienestar de pocos y en el miserable malestar de las grandes mayorías, había quienes no estaban de acuerdo con tal normalidad y se rebelaban. Los inconformes se dividían en tres estrategias: Intentar mejorar lo que había. Intentar romper con lo que había. Intentar no depender de lo que había. Visto desde hoy, a tanta distancia, era obvio que las tres estrategias debían ser utilizadas articuladamente, a la manera de una división de tareas en cualquier trabajo complejo, una especie de división del trabajo del inconformismo y de la rebeldía. Pero, en esa época, tal, no fue posible, porque los rebeldes no veían que, siendo producto de la sociedad contra la cual luchaban, tendrían que comenzar por rebelarse contra sí mismos, transformándose ellos mismos antes de querer transformar la sociedad. Su ceguera los hacía dividirse a respecto de lo que debería unirlos y unirse a respecto de lo que los debería dividir. Por eso ocurrió lo que ocurrió. Cuan terrible fue, está bien inscrito en el modo como vamos intentando curar las heridas de la carne y del espíritu al mismo tiempo que reinventamos una y otro.
¿Por qué insistimos después de todo? Porque estamos reaprendiendo a alimentarnos de la hierba dañina que la época pasada más radicalmente intentó erradicar, recurriendo a los más potentes y destructivos herbicidas mentales- la utopía. 


[1] Boaventura de Sousa Santos, PHD en sociología del derecho por la Universidad de Yale. Profesor de la Universidad de Coimbra. Texto escrito en 2015. Traducción al Español Edilberto Afanador Sastre, 04 de marzo de 2017.
Texto publicado originalmente en portugués por Outras Palavras- Brasil. Recuperado el 04 de febrero de: http://outraspalavras.net/posts/boaventura-para-ler-em-2050/

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